A quien pueda interesar:
Se abre una nueva sección del club (decisión unilateral, por supuesto) con el ánimo de actualizar un poco esta patraña que poco a poco, pero irremisiblemente, se queda obsoleta y fosilizada en orígenes abortados.
Modus operandi: comentario semanal (espero) de cualquier cosa. No hay reglas. No hay restricciones. Despachaos a gusto con la realidad o la fantasía, lo prosaico o las quimeras, lo fútil y lo trascendente. Todo tiene cabida en esta nueva sección. Espero vuestra participación o vuestro desprecio...
12/3/08
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10 comentarios:
A
A de afásico, anormal, apóstata, apócrifo, abstemio, autista y ausonia. Por ejemplo. Sin duda podrían encontrarse mejores vocablos para identificar o calificar ciertos aspectos de la realidad, pero estos son los primeros que se me vienen a la mente.
La afasia (aparente, también con A) de nuestros políticos en general y uno por uno en particular. Más allá, nuestra propia afasia por permitir la suya. Anormal, término ya inexistente puesto que lo anormal se ha convertido en propio, habitual, esperable, normal en definitiva. Lo anormal es normal y lo normal una bazofia. Normal. Apóstata, apócrifo y abstemio son distintos tipos de vida. Modus vivendi de cualquiera de nuestros congéneres, todos ellos envueltos en los más honorables principios de pulcro cinismo (esta vez sin A). La apostasía como principio continuo y, por tanto, irremisiblemente abocado a un enredarse en sí mismo que lleva a uno a ser apóstata de su propia apostasía –véase un Judas borgiano-, lo apócrifo como identidad, imagen, icono (pero eso lo dejaré para el capítulo I, evidentemente), lo abstemio empleado desde el cinismo de base que todo ser de bien tiene que seguir en sus valores morales...
El autista, figura sin par, envidiable mortal que puede permanecer una vida dándose golpes contra el quicio de una puerta, esquizoide supremo, paradigma del genio, miseria del individualismo.
Ausonia. ¿Qué más decir? Mujer perteneciente a la antigua nación italiana de Ausonia o compresa, sin más. Preciosa identificación. Porque Italia poco a poco se está convirtiendo en una braga, no hay duda. Acabo de entender la cara de niña bucólicamente buena de los anuncios de compresas (Ausonia), tal vez embelesadas con el esplendor de su antigua patria o extasiadas con la suavidad de ese injustamente impúdico utensilio femenino... en fin, quién sabe.
Mañana más. De B, no de A.
B
Blasfemo. No podía ser de otra manera. En este momento del año en que los más fieles seguidores de personajillos armados de mitra y báculo, lo blasfemo adquiere su cariz más espectacular brindándonos numerosas materializaciones a lo largo de la catolicísima piel de toro.
Arremeto. La blasfemia se ha instalado en lo más hondo de los corazones cristianos. Ya no se trata del mítico “me cagüen Dios”, vulgar comentario que todo ciudadano de a pie debe conocer y utilizar sin pudor alguno ante, al menos, una lindeza piruetística de un conductor cercano o el gol en el último minuto del equipo contrario. En esta Semana Santa se trata por el contrario de la blasfemia llevada a su máximo nivel, aquel en el que se aferra y se adhiere a la fe que precisamente le da valor. Porque no hay espectáculo más terrible que el de ver a un Papa sin hijos obligar a que en África (todo esto siempre sucede tan lejos...) una mujer transmita el sida a sus hijos, a los cuales ni siquiera puede alimentar o saciar la sed. Porque no hay mayor ofensa a las mujeres que la de condenarlas a un completo ostracismo en cualquier estructura política o social, ellas que sí se pueden dedicar a hacer dulces de huevo, magdalenas y postres varios; con la mísera y falsa excusa de que Eva mordió una manzana, y como ellas, Eva tenía sus genitales en el interior del vientre (¡blasfemia!) Porque pocas cosas resultan tan repugnantes como la obscena muestra de riqueza y esplendor dedicados a las figurillas en madera de unos personajes apócrifos cuando hace apenas unos días la riqueza extrema ha pasado a ser un pecado capital, cuando se le exige a los fieles que vivan en un ascetismo aprendido del altísimo, cuando la famosa caridad cristiana pretende paliar con una palmadita en los hombros y un trozo de pan que ninguno de ellos se metería en la boca (Dios los libre de ello) lo que no es ni más ni menos que una tremenda injusticia social y un mirar a otro lado dignos del más vivo desprecio. Porque es ridículo ver a una graciosa sevillana de carrillos bien nutridos cantarle saetas a la virgen (ja!) emocionada hasta las lágrimas, lágrimas que nunca corrieron por la muerte de sus semejantes, por la inquina desaforada con que la jerarquía eclesiástica niega los derechos más básicos del ser humano (tenga donde tenga y use como use sus apreciadísimos genitales). Porque no hay mayor blasfemia que disfrazarse de capirote y mostrar la víspera el orgulloso y purulento bulto en la espalda de costalero o las sanguinolentas heridas del martirio autoinfligido, cuando mañana no pensamos mover un dedo por nadie que simplemente reclama lo que es suyo. Porque nada hay más vergonzoso que la autocomplaciencia y el olvido de las enseñanzas que llevó a crear la iglesia y que ella misma se ha encargado de hacer olvidar.
Termino. Termino blasfemo como empecé y como seguiré siendo. Blasfemo por ellos y porque ellos me hacen blasfemo. Blasfemo y blasfemo por decir la verdad. Y si no, que venga Dios y lo vea.
Lo que dices puede ser una de las mayores contradicciones (cuestión que te dejo para la letra C). Pero claro, es más fácil luchar por unos principios que vivir de acuerdo con ellos, y en eso algunos son "pastores".
C
Contradicción. Podría ser el título de una nueva hiper-megaproducción de Hollywood. Ya lo estoy viendo, un bizarro machote de mirada penetrante sumido en una interminable serie de peripecias pseudopsicológicas a causa de su amor inquebrantable (e imposible) por una jovenzuela, malvada en el fondo y maravillosa en la forma.
Pero no. Al hablar de contradicción aún no pensamos en el trasero de Russel Crowe o los labios (los siliconados) de Angelina Jolie. Se nos aparece más bien la imagen del Santísimo Padre (véase “B”), Bush diciendo que Irak está mejor que antes, Aznar asegurando que España iba bien, los catalanes pidiendo la “cesión temporal de recursos hídricos” del Segre, un murciano digno de Forges jugando al golf en su tierra, Almodóvar saludado regiamente por Carolina de Mónaco o, sin más, Maria Teresa Campos, Isabel Pantoja, Ana Obregón, el conde Lecquio y María Patiño (todos juntos no, por favor, eso pertenece a la “V”). Se me ocurre aquello de “del dicho al hecho hay un trecho”. Y en el trecho se pierden, se paran, dan un par de vueltas con un martini en la mano y se vuelven por donde han venido, sin saberlo pero sin preocuparse por ello.
No negaremos que la contradicción es parte de la condición humana desde que el humano instauró sus principios negando algunos de sus instintos. Tampoco negaremos que en este momento de sociedad líquida el término “contradicción” pierde su sentido por basarse en algo estable, y como ya se sabe, en un líquido todo es dinamismo. Lo preocupante es que en la contradicción caen precisamente aquellos que la denostan, esto es, los que defienden principios inamovibles y absolutos.
Resulta verdaderamente agotador, cuando no indignante, ver cómo una vez tras otra una gran parte de la sociedad se escuda en unos valores para apoltronarse a su sombra e inmediatamente saltárselos a la torera, que para algo es fiesta nacional. Debe de ser que ellos no son de la misma pasta o bien que leyeron (creyeron leer) a Nietzsche y se indigestaron de “superhombre”. Para colmo ya nos han dejado en el escudo unas cuantas palabritas de lo más amable acerca de los que somos todos aquellos que preferimos quemarnos al sol que pudrirnos a la sombra.
Aunque no todo es tan amargo. Al menos yo encuentro bastante risibles aquellos conciliábulos en los que, tras la definitiva pudrición de sus seguidores, se decide que es necesario modificar los valores (inmutables y absolutos, recuerden...) para adaptarlos a los nuevos tiempos. Pero qué desatino, siempre el tiempo escogido acaba de pasar, hace unos cien o doscientos años, así que ya desde el principio su absoluto está caduco, y aunque marchita la sombra sigue ocultando brazos, muslos, fajos de billete, alguna que otra arma automática y otras fruslerías.
Aún no pensamos en Hollywood al escuchar “Contradicción” (con mayúsculas gana) aunque pensándolo mejor puede que tampoco sea una mala solución, lo mismo le dan un papelito a Banderas. Siempre será mejor masturbarse en la ignorancia y los pechos de Angelina Jolie que sufrir la inquina de aquellos que ya ni masturbándose son felices.
Muy cerca de la contradicción se me ocurre el cambio (con c, faltaría más). Ya sabemos que unos que nos gustan cambian de idea, de forma, de época...pero al final...vuelve a ser lo mismo. Dicho de otro modo, el cambio también como contradicción. Se cambia algo para que en realidad todo siga igual, y eso, también es parte de la condición humana. Se cambia algo para relajar nuestras conciencias, para no seguir dándonos cuenta de que lo que nos rodea no tiene mucho sentido si se mira fríamente. Pero claro, es imposible salirse fuera, tirarse de los pelos como hizo el varón de Münchaussen (no sé si lo he esrito bien), así que cambiamos algo para contradecinos después con un nuevo cambio (o no).
Como decía el magnífico Gatopardo de Lampedusa: "todo tiene que cambiar para que todo siga como siempre" (cito de memoria).
Por otra parte Zygmunt Bauman, en su sociedad líquida moderna, admite que el cambio (cada vez a mayor velocidad) es el único medio posible del que puede servirse el ciudadano para mantener su lugar ("un" lugar) en la sociedad. Lo compara con un ciclista, mientras siga pedaleando, y cuánto más rápidamente lo haga, más posibilidades tendrá de mantenerse sobre la bicicleta. Dejar de pedalear o frenar sería su perdición.
D
A la mañana, mis manos me construyen pedazo a pedazo con la parsimoniosa pereza de los curas de pueblo. Primero los ojos, después el desaliento. El resto siguiendo el orden que marque ese día la alondra, la nube y el azul o el negro. Tañen los gritos de la costumbre en el café. La magdalena a mí sólo me da para una ligera rúbrica.
Caminando de la manera que todos caminan, con los pies, continúo un rastro que nace con las huellas aún por imprimir de los mortales cuyo fin no alcanzaron. A lo largo de ríos, carreteras, caminos polvorientos que pronto abandonarán los mapas, ciudades invisibles, amores no correspondidos y delicias múltiples de la carne (y el pescado). Asumo mi condición arrullado por el leve malestar en el estómago, vigilado por la inquebrantable tela de araña extendida soberbia en la piel de los perros de color indeciso, acuciado por la insoportable permanencia de la desilusión amarilla.
En la parte interior de mis dientes siento los restos que me niego a borrar. Mi lengua los roza suavemente, los lame con fruición. Ahí están, no se mueven, no van a ninguna parte, sólo me abandonan cuando deshechos de tanto rezumar dolor se deshacen entre mis últimas, obstinadas, torpes, caricias.
Con las ya excesivas volutas de humo alimento las pesadillas próximas del desasosiego. Caerán las horas y las termitas del sueño roerán con la inconciencia de los niños mi piel, mi vello y mis huesos. Qué triste mi sexo olvidado, hubo momentos en que pareció omnipotente pero las quimeras nunca dejaron su número de teléfono. También otros insectos de infame nombre terminarán agotados de insaciable voluptuosidad, enfangados en la rebaba de la noche, abrazados con etílica amistad, consolados en el inminente fin que propicie un nuevo comienzo.
E (Ecuménico)
Ernesto Cifuentes pasaba las mañanas repartiendo cartas y ocupaba sus tardes haciendo mundos. Desde la oficina de correos hasta los lugares de destino, ojeaba los sobres, las distintas caligrafías, los variados colores y formas de los sobres e incluso retenía los nombres curiosos a quien iban dirigidas las cartas. Últimamente, con el auge de internet, la cosa se había vuelto bastante aburrida. La mayoría eran aburridas misivas de banco, impersonales notificaciones de cuentas, saldo, pagos e impagos. De vez en cuando algún requerimiento judicial le daba un poco de interés a la jornada. Las multas también estaban muy valoradas.
Después de trabajar comía frugalmente en su pequeño apartamento y echaba una ligera siesta. Era entonces cuando comenzaba su verdadera labor. En su cabeza combinaba los nombres leídos, los sentimientos amorosos o crueles que creía haber adivinado en las cartas de la mañana, las inverosímiles empresas remitentes; a partir de todo esto engendraba, con recortes de periódico, trozos de cajas de embalaje, perchas retorcidas y plásticos de envolver, el mundo propio de aquel día. Ensamblaba los pedazos con el cuidado de una gata recién parida, con sus dedos ásperos y todas las luces del apartamento concentradas sobre la labor. La tarea resultaba a veces ardua, le hacía olvidarse que el sol ya se había puesto, obviaba la cena y finalmente caía rendido a la cama.
Sus numerosos mundos iban colonizando poco a poco el espacio del apartamento. Desde las primeras creaciones, cuando apenas sobrepasaba la adolescencia, hasta ahora, cuando las visitas al urólogo empezaban a ser desgraciadamente frecuentes, se había acumulado tal cantidad de material que ocupaba hasta los sitios más recónditos de la casa. No podía pasar el polvo bajo las camas, recuperar los objetos caídos tras el frigorífico, siquiera disfrutar del salón con sus sepultados sillones, mesita y televisión en blanco y negro. El teléfono había sido olvidado, tal vez incluso desmembrado descuidadamente para completar algún fleco que se resistiera. Ernesto Cifuentes no lamentaba el desorden, ni siquiera la tibia pátina de polvo que cubría sus pertenencias, lo único que le molestaba es que aquel cúmulo de mundos no era, en sí, un mundo mayor, más complicado, interconectado, donde realmente se percibiera la magnitud y complejidad de la obra de su vida, de la obra por descuido que iban engendrando las vidas de los demás, ausentes e ignorantes, por otra parte.
Quién sabe si por azar o por una irrefutable determinación, una tarde lluviosa del recién estrenado otoño encontró una carta en su propio buzón. En ella se le notificaba algo terrible e inevitable, como sucede en la cotidianidad de las ciudades.-Debe ser- pensó. Empleó el tiempo en que la lluvia caía y el de la oscuridad subsiguiente recortando letras y pegándolas con saliva y fruición a cada una de sus obras necesariamente póstumas. Al amanecer el ritual estaba concluido, la obra (la vida, según las autoridades) había sido completada.
F (Festen)
Han quedado los rastros bajo las mesas
Mezclados con las abundantes servilletas de grasa y calamar.
Han surgido de los afilados intersticios
Licores amargos
Aunque las escobas no pararon de funcionar,
Obstinada relojería de arcaico placer.
Habéis escuchado los gritos de angustia
Sin dignaros inmutarse,
Qué menos tras la digestión.
Hemos corregido las incólumes preferencias del azar
Pero ningún aroma nos embalsama con la paciencia de las madres
Amantísimas en otro tiempo,
Cuando estaban permitidos los cachorros en la acera.
Han quebrantado las horas de los relojes
Y el silenció continuó en su fugaz huída hacia delante,
Arrulaos si es vuestro deseo,
Tampoco así nos alcanzaremos.
He perpetrado la ignominia
Y otras artes sedentarias
Con el remordimiento usado como pantuflas a cuadros.
Así es,
De esta manera inigualable,
Como yacen los susurros en las almohadas sin ahuecar,
Las que aún mantienen la esperanza,
Falaz accesorio regalado,
De albergar senos calientes, cuerpos engarzados u otras formas de locura;
Abrumados de noche,
Anhelantes de viento,
Apurando las perdidas oportunidades del amor.
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